Qué
dicha no ser Basho, en cuya voz
florecían
tan leves los ciruelos,
ni ser Beethoven con su borrasca en la
frente
ni Tomás Moro en el taller de Holbein.
Qué
dicha no
tener
un bungalow en Denver (Colorado)
ni estar mirando desde
el Fitz Roy el silencio
mineral de la tarde patagónica
ni oler
la bajamar de Saint-Malo
y
estar aquí contigo, respirándote,
viendo
la lámpara del techo reflejada en tus ojos.
ME
GUSTA CUANDO CALLAS (Haz clic para escucharlo por Alejandro Sanz) Me
gustas cuando callas porque estás como ausente, y
me oyes
desde lejos, y mi voz no te toca. Parece
que los ojos se te
hubieran volado y
parece que un beso te cerrara la boca.
. Como
todas las cosas están llenas de mi alma emerges
de las cosas, llena del alma mía. Mariposa
de sueño,
te pareces a mi alma, y
te pareces a la palabra melancolía. .
Me
gustas cuando callas y estás como distante. Y
estás como quejándote, mariposa en arrullo. Y
me
oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza: Déjame
que me
calle con el silencio tuyo. .
Déjame
que te hable
también con tu silencio claro
como una lámpara,
simple como un anillo. Eres
como la noche, callada y constelada. Tu
silencio es de estrella, tan lejano y sencillo
Me
gusta cuando callas porque estás como ausente distante
y dolorosa como si hubieras muerto. Una
palabra entonces, una sonrisa bastan. Y
estoy alegre, alegre de que no sea cierto
Si
alguna vez sufres -y lo
harás-
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es sólo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.
Soporta tu dolor en soledad,
porque el merecimiento aun de la adversidad mayor
está justificado si fuiste
desleal a tu conciencia, no apostando
sólo por el amor que te entregaba
su esplendor inocente, sus intocados mundos.
Así que cuando sufras -y lo harás-
por alguien que te amó, procura siempre
acusarte a ti mismo de su olvido
porque fuiste cobarde o quizá fuiste ingrato.
Y aprende que la vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente.
Y aprende dignidad en tu derrota,
agradeciendo a quien te quiso
el regalo fugaz de su hermosura.
¿RECONOCÉIS
EN ESTE POEMA DEL SIGLO XXI UN TEMA TÓPICO
CLÁSICO?
Para
ti nada
más era el milagro:
que se pusiera el sol tan suavemente
como cordón de aceite sobre el pan
y que en las rosas últimas de otoño
aún resistiera intacto su perfume.
Y
extraordinario fue
sin duda el hecho
de regresar a casa mientras ibas
con amor desbordado por el mundo
y por saberte vivo tan de gratis.
Y ni los
vinos del
Duero ni el Rioja
te supieron mejor que el agua fresca
que te aplacó la sed, otro milagro
rescatado de pronto de la infancia.
Ahora para
ti solo,
Andrés Trapiello,
tienes al clave a Mozart en tu cuarto,
y sólo para ti interpreta músicas
más firmes en la noche que las Osas
con su luz no envidiosa de otras luces,
armonías y sones acordados
como jamás el corazón de un hombre
haya sentido y como nunca tú,
de cuna tan humilde, imaginaste.
¿Cuántos
reyes pudieron en su vida
vivir tantos prodigios, si es que acaso
pudieron descubrirlos en la corte
o en medio de batallas ya olvidadas?
Feliz
aquel a quien con mano parca el
Dios le concedió lo
suficiente. y
a
quien le diera más le sea
leve la
tierra donde acabe, y más la
vida.
Dijiste:
"Iré a otra tierra, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de haber mejor que esta.
Cada esfuerzo mío es una condena dictada;
y mi corazón está -como un muerto-
enterrado.
¿Hasta cuándo seguirá mi alma en este
marasmo?
Adonde vuelva los ojos, adonde quiera que mire
veo aquí las negras ruinas
de mi vida,
donde pasé tantos años que arruiné y
perdí".
No
hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá.
Vagarás por las mismas calles.
Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra -no lo
esperes-
no tienes barco, no hay camino.
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón,
así en toda la tierra la echaste a perder.
Mi alma os ha cortado a
su medida,
dice ahora el poema,
con palabras que fueron escritas en un tiempo
de amores cortesanos.
Y en esta habitación del siglo XX,
muy a finales ya,
preparando la clase de mañana,
regresan las palabras sin rumor de caballos,
sin vestidos de corte,
sin palacios.
Junto a Bagdad herido por el fuego,
mi alma te ha cortado a su medida.
Todo cesa de pronto y
te
imagino
en la ciudad, tu coche, tus vaqueros,
la ley de tus edades,
y tengo miedo de quererte en falso,
porque no sé vivir sino en la apuesta,
abrasado por llamas que arden sin quemarnos
y que son realidad,
aunque los ojos miren la distancia
en los televisores.
A través de
los siglos,
saltando por encima de todas las catástrofes,
por encima de títulos y fechas,
las palabras retornan al mundo de los seres vivos,
preguntan por su casa.
Ya sé que
no es eterna la
poesía,
pero sabe cambiar junto a nosotros,
aparecer vestida con vaqueros,
apoyarse en el hombre que se inventa un amor
y que sufre de amor
cuando está solo.
¿Para
qué sirve el swing
de golf, la moto
que se tumba en las curvas, el glamour
de las noches de fiesta, la piscina
o el aplauso del público,
si existen
-te pregunta la muerte mientras mueve
un alfil
sigiloso- los paseos
por la playa, tus perros, la poesía,
el
ángelus, el cine, la memoria.
Yo
conocí tu época dorada, aquellos
años de estudiante en Cádiz, cuando
tú frecuentabas los suburbios peores,
los bares más inhóspitos.
Entonces era fácil encontrarte
en las sesiones últimas de cine,
bajo cualquier portal o en el asiento
trasero de algún coche abandonado.
Y también te recuerdo, sobre todo,
momentos antes de empezar la fiesta,
de pie y muy morena preparando
inexplicables cócteles, martinis
Mis
amigos sabían ya del turbio, inextinguible
fuego de tus labios, y
yo no supe hablarte o no lo hice esperando
quizás mejor momento.
Y
me arrepiento ahora, Julia Reis, tierno
amor sin amparo, fácil presa del
los perdidos barcos de la noche.
(José Mateos (1963- )
Si puedes mantener la cabeza en su sitio
cuando todos la pierden y te culpan por ello,
si confías en ti cuando nadie lo hace,
pero entiendes también que sean desconfiados;
si puedes esperar sin cansarte la espera,
o no mientes incluso cuando a ti te han mentido,
o no te inunda el odio cuando a ti te han odiado
sin dártelas de bueno ni de hablar como un sabio;
si sueñas -y no dejas que los sueños te manden-,
si piensas -y no dejas que el pensar sea tu meta-,
si conoces el Triunfo y también la Derrota
y tratas por igual a esos dos impostores;
si soportas oír la verdad que tú has dicho
retorcidas por truhanes para engañar a necios,
o ves rotas las cosas por las que diste la vida
y te agachas, sin medios, a rehacerlas de nuevo;
si puedes hacer cúmulo de todas tus ganancias
y jugártelas todas de un golpe a cara o cruz,
y perder y volver otra vez a empezar
sin decir ni palabra jamás de lo perdido;
si haces que el corazón y los nervios y músculos
cumplan incluso cuando ya estaban agotados
y así sigues aun cuando ya no te queda nada
salvo la fuerza interna que les dice: "¡Seguid!".
Si les hablas a masas manteniéndote honrado,
o paseas con reyes sin perder la humildad,
si ni amigo ni enemigo pueden hacerte daño,
todos cuentan contigo, pero sin abusar;
si es que puedes llenar el minuto implacable
con sesenta valiosos segundos en su curso,
tuya es la tierra y cuanto en ella hay
y -aún más- , hijo mío, serás así un Hombre.
Rudyard Kipling (1865-1936)
(Traductora: yo misma)